miércoles, febrero 28, 2007

Despedida y cierre


Logré despertar y abrir mis ojos al mundo.

Por fin me voy acercando cada vez más a mi mismo.

Aún tengo que superar miedos, pasar por malos momentos que me oprimen las entrañas, enfrentarme a nuevos peligros.

Pero me siento con fuerzas de gritarle al mundo y de reclamar mi sitio en él.

Creo que podré conseguirlo, dentro de no mucho.

Y en gran parte es gracias a vosotros, que durante este año que cumplió el blog hace unos días no habéis dejado de aconsejarme, hacerme ver las cosas de otro modo, emocionarme.

Cierro porque sinceramente es poco el tiempo que tengo para dedicarme a ésto. Me retiro dejando en la red lo que ha sido la representación de mis pensamientos durante este último año, no quiero pretender estar cuando realmente me encuentro ausente, no quiero abandonarlo porque no lo merece, quiero despedirme de todos dandoos, una vez más, las gracias, y deseandoos lo mejor.

No descartaré nunca volver.


Memoria, no me abandones. Olvido, aléjate de mi.






viernes, enero 26, 2007

Último despertar

...Allí… allí estaban los bermudas raídos y la camiseta desteñida, allí la perilla y el cabello despeinado, allí los ojos azules del color del cielo en su azul más vivo y radiante.

Allí, con los pies descalzos bañados por alguna que otra ola caprichosa, con unas chanclas marrón oscuro en la mano, contemplando su ventana con la mirada empañada de emociones.

El viento se colaba por las mangas cortas de su camiseta haciéndola ondear, y paseaba entre sus cabellos, pero él se mantenía inmóvil, mirando a una chica que le había dicho algo con la mirada la tarde anterior, y a la que quiso contestar con un –no sabe qué- perdido entre su espalda y su pelo negro. Transcurrieron dos segundos, puede que tres, hasta que ella reanudó su camino sin volver de nuevo la vista atrás, dirigiéndose, supuso, hacia un remoto lugar y una vida distante y sin punto común con la suya.

Había hecho el amor con ella durante la noche, había soñado despertarla con un “Te amo” mimado en la espalda, y ahora estaba allí, frente a su ventana, frente a su destino.

Ella sentía que las lágrimas volvían a humedecerle los carrillos.

Vaciló un instante antes de creer lo que el mar le regalaba en respuesta a todas sus angustias, y volvió a sonreír…

¡Ya bastaba de incertidumbres y dudas!, había perdido cualquier temor. Lo dejaría todo, nada entonces le importaba.

Aquella mañana, al fin, decidiría seguir su camino, daría ese ansiado paseo por la playa.

Lo daría, sí, y lo haría con él.




miércoles, enero 10, 2007

Despertar VI

...Retrocedió, dando pasos cortos y lentos, como quien no quiere hacer ruido, y casi de forma inconsciente se aproximó a la ventana, asegurándose de gozar al máximo del sonido y el cosquilleo del viento en su pelo, y de la calidez de los primeros rayos que el Sol proyectaba generoso.

Con los ojos aún cerrados apoyó la cabeza en el marco de la ventana; escuchaba el susurro de las olas en la playa, se afanó en la tarea de averiguar qué era aquello que cuchicheaban entre ellas, sonaba tan bello…

Necesitaba ver el azul del Mediterráneo, nunca se había detenido tanto como aquel amanecer para contemplar a su fiel compañero de melancolías y pesares, a su leal confesor. Se sintió agradecida por un instante y abrió los ojos con ternura, mientras una sonrisa se perfilaba tenue en sus labios… En aquel momento se percató de veras de cuán espléndida podía llegar a ser la grandiosidad del mar...


sábado, enero 06, 2007

Despertar V

...Probablemente él ni siquiera advirtiera su presencia; con todo, ella se había sentido acongojada frente a aquel muchacho, como la hormiga que contempla la suela de un zapato que está a punto de aplastarla. No sabría describir lo que recorrió su cuerpo y su alma en aquellos dos (puede que tres) segundos de intensidad infinita.

Por ello procuró guardar y recordar sus ojos zarcos, su pelo castaño despeinado por el soplo del aire, su barba de tres días o cuatro, sus bermudas deshilachados, su camiseta desteñida. Y esa imagen había sido su particular ilusión, su compañía durante toda la noche, hasta que el jodido despertador se encargó de recordarle que la rutina la esperaba; que vería de nuevo a Ana relatándole sus “problemas”, que fingiría reír con Arturo, que pondría buena cara al imbécil de su jefe, que tendría que llamar a papá y a mamá para preguntar interesada cómo seguían, aunque las respuestas fueran siempre las mismas y estuvieran acompañadas de decenas de censuras y reprensiones.

Lloraba afligida y le gritaba con rabia al silencio, al vacío circundante en el que subyacía su impotencia; se encontraba sola y desorientada. La idea del suicidio renacía de los vestigios de la vez anterior; ¿sería una crisis? No, no podría soportarlo.

Se tornó boca arriba, se apartó el pelo de la cara, enjugó sus lágrimas en pañuelo de nadie, tomó aire y, desganada y vencida, cansada de todo, de todos y de ella misma, se levantó para encaminarse, como cualquier otro día y cualquier otra persona, al cuarto de aseo contiguo a su dormitorio.

Después de todo era demasiado cobarde para matarse y olvidar.

Cogió su blanca bata -desconfiaba de que fuera de auténtica seda- y se la colocó por encima de los hombros. Aún sollozaba de vez en cuando. Se acercó al baño, abrió la puerta que chirriaba con asiduidad, pulsó el interruptor de la luz, y se detuvo un ínfimo momento antes de cruzar esa frontera iluminada ahora por una eléctrica tonalidad marfil.

La brisa había vuelto a despertar y agitaba con gracia las cortinas, que descansaban a ratos sobre las arrugadas sábanas de algodón.

Ese paseo tan anhelado aún daba vueltas en su mente.

Sabía que no pasearía, le faltaban el valor y la firmeza para ello, tan solo se daría unos minutos más para volar y evadirse al tiempo que el aire temprano...


martes, diciembre 26, 2006

Despertar IV

...Esta vez consideraba con fervor que con ese paseo al amanecer se reabriría ante ella aquel trayecto abandonado tiempo atrás, aquel sendero, puente entre la sumisión y la vida; en ningún caso podría pensar en desaparecer.

Ahora súbitamente se sentía viva, más de lo que lo había estado nunca, y embriagada de tantas emociones que se le antojaba imposible desistir.

Cayó en la cuenta: se juzgó enamorada; ¡cielos!, nunca lo había estado, lo añoraba íntimamente con cada fibra de su ser, mas nunca pudo sentirlo; empero creía que estaba experimentando esa violenta y única sacudida interior que perciben las parejas que observa a diario amarradas en el parque, o aquellas que ve con frecuencia en tantas y tantas películas; las que se demuestran y prometen un amor tan puro como esa brisa, ese mar extenso ante su ventana, ese paseo que le brinda la oportunidad de su vida.

Así se sentía en aquel precioso instante.

Al fin y al cabo había estado con él toda la noche; en sueños, sí, pero habían hecho el amor apasionados, y después habían charlado largo y tendido con la mirada, hasta caer abrazados en el más profundo y feliz de los sueños, con la seguridad de que estarían juntos al alba, de que el Lorenzo les sorprendería aferrados el uno al otro con las sábanas aún revueltas; con la certeza de que tendrían por delante horas, días y noches para seguir amándose de aquella manera.

El despertador chilló con su timbre agudo y molesto, y la devolvió a su cama deshecha, a la blancura apagada de las paredes de su habitación, a la gris realidad.

No se levantó, aún podía sentir el roce de las cortinas blancas en su espalda desnuda, y parecía percibirle también a él y a sus manos sedosas y perfectas, de dedos no muy largos escribiéndole un “Te amo” con la delicadeza de las caricias más dulces.

El Sol, ahora más alto, comenzó a molestarle en los ojos y ella decidió darse la vuelta por algún tiempo. No tenía intención de incorporarse, le tenía a él, ¿qué más podía pedir?

El despertador berreó por segunda vez, al tiempo que ella se percataba de que el otro lado del colchón estaba vacío.

La brisa marina cesó por un momento; sus manos ya no la acariciaban, su olor ya no la inundaba, y la mañana de pronto se tornó sombría, carente de toda luz.

La venció la tristeza, y dos lágrimas cristalinas se desprendieron y discurrieron por sus mejillas.

¡Claro que él no estaba allí!, tan solo había sido un breve encuentro en la playa frente a su casa la tarde anterior. Apenas habían cruzado un instante la mirada mientras cada uno caminaba por su lado, hacia lugares y futuros distintos.

A ella le pareció que aquella mirada quería trasmitirle algo, e intentó responder con la suya sin encontrar el modo adecuado de decirle… no sabe qué.

Así transcurrieron dos segundos, puede que tres, antes de que ella -siempre era ella, ¡puta inseguridad!- apartase la cara y siguiera su camino reprochándose el haberse detenido, luchando por no mirar atrás...